¿El mismo amor?
Un “ponerse a pensar” súper subjetivo sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo.
Desde hace un tiempo me viene dando vueltas en la cabeza el
slogan que utilizaba la comunidad LGTB (el acrónimo me parece horrible) al
momento del debate sobre el matrimonio igualitario: “El mismo amor, los mismos
derechos”. Antes de seguir con mi reflexión, quiero aclarar que estoy a favor
del matrimonio gay pero también vale decir (antes de que una horda de locas
combativas me putee sin haber siquiera pasado al segundo párrafo) que estar a
favor de algo no nos impide pensar sobre eso y ver si las cosas son tan así.
Quizás lo sean, pero nunca se sabe.
El slogan en cuestión sostiene que los heterosexuales y los
homosexuales sienten el mismo amor por sus parejas. Y por ello reclaman los
mismos derechos. Comparto lo de los mismos derechos pero pensemos un poco en
eso de “el mismo amor”.
La pareja heterosexual tiene siglos de existencia social. Es
una institución funcional a la economía, permite que la sociedad se organice de
la manera en que lo hace, está completamente atravesada por mandatos,
preceptos, guías y reglas que orientan, determinan, obligan y dan forma a lo
que se entiende por “pareja”. El pensamiento hegemónico les atribuye la
responsabilidad de la reproducción de la sociedad no sólo en cuanto a valores
se refiere sino a la continuidad misma del género humano como especie. Desde
siempre han estado avalados y estimulados por la religión, el Estado y las
tradiciones.
La mayoría de nosotros hemos sido educados en esos valores.
De otra forma no se explica la cantidad de homosexuales casados que hay aún hoy
en día. Yo he conocido hombres gays que se han casado dos veces con mujeres!!
La pareja gay ha estado en la clandestinidad, al menos en
Argentina, hasta hace poco. Aún hoy, cuando la ley nos ampara, sigue habiendo
poca aceptación en varios sectores. De hecho cuando Francisco I se pregunta
“quien soy yo para juzgarlos” en realidad dice prefiero dejarle esa tarea a
Dios que no rinde cuentas a las organizaciones de derechos humanos. Los
homosexuales no tenemos una formación histórica en esto de estar en pareja.
Nadie nos ha explicado cómo se hace, ni cómo es, ni cuáles son los caminos a
seguir. Nuestros abuelos, padres y maestros siempre han dado por descontado que
seríamos héteros y los medios siempre han mostrado al gay (aún hoy) como un ser
afeminado o directamente andrógino que busca constantemente objetos puntiagudos
para meterse en el traste y ni piensa en una relación afectiva . Las
experiencias de hombres que han compartido sus vidas y de las que podemos tener
conocimiento son, en su mayoría, historias de amores ocultos y ocultados,
encuentros clandestinos, vínculos sobre los cuales no se habla en la sobremesa
o los bichos raros del edificio, el barrio o el pueblo.
Es decir, como no teníamos idea de cómo era esto de “armar
una pareja” tuvimos que empezar a crearla con lo que teníamos a mano. Y lo que
teníamos a mano era: o el modelo heterosexual o nuestra propia experiencia
basada en encuentros ocasionales, amores mantenidos en secreto, teteras en
baños públicos, culpas no resueltas, amantes casados, boliches, puertos
Pollensa y, principalmente, ese piloto automático que tuvimos que desarrollar
para disimular nuestra elección amorosa, esa conducta internalizada que nos
permitía hablar naturalmente de “ella” cuando en realidad era “el” o sostener
el papel de “amigo” cuando tu gran amor te invitaba a comer a su casa y tenías
que compartir la mesa con sus padres.
En fin, hicimos lo que pudimos con lo que teníamos: el poco
apoyo con que contábamos, la falta de información y de modelos, el miedo, la
propia vergüenza, la dificultad que implica formar una pareja y ese
irrefrenable deseo de amar que se abría paso entre las dificultades costara lo
que costara.
Hoy en día tenemos una ley que nos ampara, nos protege y nos
permite vivir con dignidad. Hoy podemos ir de la mano por Palermo y que nadie
nos diga nada (no pasa lo mismo en La Matanza , eso es cierto y no ocurre igual con la
comunidad trans pero, en términos generales nuestra situación ha mejorado).
¿Ha mejorado?
Y aquí es donde retomo el título del post.
¿Podemos decir que es el mismo amor? ¿Es lo mismo tener todo
un sistema cultural y social que te apoya desde siempre que haber estado oculto
durante décadas y recién ahora empezar a tener una visibilidad digna? ¿Es lo
mismo alguien que fue educado para formar una familia que alguien que siempre
se movió por su propio deseo sabiendo de antemano que una relación socialmente
aceptable era imposible? ¿Es lo mismo una persona educada para tener un
proyecto de familia que alguien que se pensó desde chico para vivir el amor en
forma clandestina?
No, no es lo mismo, no me jodan!
Una vez, una americana que hacía documentales sobre la
comunidad gay me contaba que en el encuentro fugaz de dos hombres en un baño
público, durante ese instante que duraba el sacarse las ganas de estar con otro
hombre, había mucho amor y mucho cuidado. Algo así como un relámpago amoroso
que ilumina el cielo nocturno durante medio segundo y luego se va, dejando otra
vez oscuridad.
Yo creo que no es el mismo amor, sí merecemos los mismos
derechos pero no es lo mismo. No es lo mismo un hombre criado para ser esposo y
padre que un hombre que apenas tuvo conciencia de sí mismo supo que la familia
no era algo para él. No es lo mismo despertarte un día y enterarte de que podes
casarte que nacer sabiendo que podes hacerlo.
No es el mismo amor y es por eso que el modelo heterosexual
que tratamos de adaptar y adoptar no cierra por ningún lado. La torta de bodas
con dos muñequitos hombres (además de ser espantoso) nos habla a las claras de
nuestra falta de imaginación para crear un modelo de pareja que sea propio.
Reproducir el modelo tradicional sacando a la mujer y poniendo a un hombre muestra
nuestra ignorancia con respecto a qué tipo de pareja queremos tener. Y es ese
no saber qué pareja necesitamos lo que nos saca del matrimonio igualitario (que
nunca fue igual) y nos lleva la matrimonio utilitario: "no somos pareja, somos
compañeros de vida, nos casamos para que él tenga mi obra social"; "como le llevó
20 años, nos casamos así hereda mi departamento"; "somos una pareja abierta; como
no queremos estar solos nos casamos para seguir juntos pero vamos a vivir
nuestra sexualidad en forma separada"; en fin...los motivos que tenemos para
casarnos se pueden resolver en una escribanía.
Yo creo que hoy, estamos tan perdidos en cuanto a amor se
refiere que andamos como púberes con poluciones nocturnas buscando un
continente que le de marco a un amor contenido que, como un río de llanura,
tiene tantos meandros que tarda mucho tiempo en llegar al mar. Hoy estamos con
un “qué” que no encuentra el “cómo” y las opciones parecen agotarse. Ya
probamos la pareja abierta, el trío, el amigarche, el vivir juntos en tu casa o
la mía pero nunca en la nuestra. Ya amamos, ya sufrimos, ya volvimos a amar, ya
nos olvidamos y cuando lo logramos nos llamó un ex para tomar un café, ya
fuimos al sauna, al túnel de América, ya intentamos todo lo que se nos ocurrió
y, sin embargo, ese amor adulto, esa relación que nos ayuda a brillar, que
comparta el camino que estamos recorriendo y vuelva a nosotros después de una
pelea sigue sin aparecer.
Ahora que la pienso y me acuerdo de Marcela, de Elizabeth y
de Patricia, tres queridas amigas hétero que siguen buscando desplegar su amor,
quizás sí sea el mismo amor. Seguramente también son las mismas dificultades.
Propongo otro slogan: las mismas ganas de amar, las mismas
probabilidades de éxito.
El salmón rosado
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