lunes, 6 de mayo de 2013



Espiritualidad gay? Por favor!!!!


Hace un tiempo conocí a un chico, un torito divino venido de Córdoba capital que ningún hombre que se precie debería perdérselo. Resultó que el fulano era budista. Yo pensé que sólo se conseguían budistas en el Tibet pero no, Buenos Aires está lleno. Hay más budistas que supermercados chinos. Cuando me habló de su religión yo sentí que empezaba a sumar porotos a lo pavo. Siempre me interesó el budismo y si podía combinar un poco de espiritualidad con unos buenos polvos, la ecuación era perfecta. Además, el torito cordobés tenía una piel inolvidable (ya ven que estoy hablando en pasado así que se imaginan cómo terminó la historia).

La cuestión es que cuánto más lo conocía, más me daba cuenta de la distancia que había entre su discurso budista y su manera de ser en el mundo. El tipo era súper manipulador, desconsiderado y además histérico (algo que a un morocho de 1,90cm le queda pésimo). 

Lo interesante del asunto y, ese es el tema de este post, es lo que resulta cuando un gay quiere ser espiritual (?). Chicas, les aconsejo no leer las enseñanzas del buda mientras miran una porno y están boludeando en Manhunt porque no entienden nada! Más adelante desarrollo, ténganme paciencia.

Otro amigo es instructor de yoga y siempre me habla del crecimiento espiritual que todos debemos tener pero, cuando ves cómo se maneja en la vida, te das cuenta que el crecimiento espiritual para él no tiene nada que ver con el amor al prójimo. De hecho, cuando lo escuchas contando que todavía no deja a su actual pareja (para irse con un ex) porque “no voy a volver a mi casa en el conurbano” dan ganas de volver al catolicismo que, si bien es siniestro, al menos no lo oculta.

Para completar el combo, otro loco amigo que tengo por Almagro comenzó con la onda de que él es el centro de su vida y nadie puede ocupar ese lugar. La idea es genial y no sólo la comparto, adhiero fervientemente a esa postura. Pero, para el amigo en cuestión, que nadie sea su centro parece habilitarlo para jugar con los sentimientos de sus varios amantes, cagarse en el amor que le brinda una persona y dedicarse a saltar de cama en cama mientras repite como un mantra que “el amor está dentro mío" y le dice a su pareja que está llegando tarde. 
_Che..y el amor hacía el resto de los seres de este mundo además de vos?
_ahhhhhhhh....bueno no se, yo soy mi centro.

¿A dónde voy con todo esto? 

Creo que hemos pasado de un individualismo consumista a un individualismo espiritual. El egoísta al que sólo le importa el bienestar suyo y de su diminuto círculo se parece al budista/yogui/new age/ en que, de tanto mirarse el ombligo buscando la armonía interior, pierden completamente de vista el hecho de que vivimos en comunidad, que no somos seres aislados y tienen una falta de registro del otro (como ser humano que también tiene sensibilidad, amor y espiritualidad) que es realmente alarmante. Es como decir: yo tengo derecho a encontrar mi felicidad y, montándome en ese derecho que me otorgo, le paso por arriba a la felicidad de los demás, total ellos son responsables de la felicidad propia y eso me habilita a maltratar, desconsiderar y ser desleal. Pierden de vista que la felicidad individual (en medio de la infelicidad que genera el contacto con estos seres) es una ilusión. La felicidad es colectiva, los seres de luz llevan felicidad a donde quiera que vayan.

Lo que más me temo con este “arte de la vida” es que en cualquier momento aparezca un gurú (uno más) y nos lleve de las narices a hacer compras por Palermo Soho mientras nos convence de que en realidad el consumismo no está mal siempre y cuando nos dé armonía interior. Ya me imagino un montón de chicos arrasando locales de moda mientras invocan el novedoso Nam miojo rengue Dior (Christian Dior).

El salmón rosado

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