¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué? ¿Por qué?????
¿Por qué lo erótico se nos disocia de lo amoroso?
Mientras surfeo perfiles en Manhunt, me acuerdo que
cuando se casó Roberto Piazza, que si bien no es representativo de toda la
comunidad encaja en una categoría bastante grande y en franco crecimiento,
todavía no había dicho “Si, quiero” y ya estaba aclarando (junto a su futuro
marido) que ellos eran una pareja abierta y que pensaban seguir cogiendo con
cualquiera como si tal cosa. Uno de los perfiles (de Manhunt) dice “en pareja
enamoradísimo, buscando diversión”, otro perfil aclara “no quiero compromiso,
ya lo tengo, busco (nuevamente) diversión. Parece que coger es “tan divertido”
como un parque de diversiones, una película pochoclera, el programa de la
Canosa (¡!) o una salida con amigos!!! El tema es que entre lo “divertido” y tu
pareja o el tipo con el que podés compartir muchas cosas o mantener un buen
diálogo parece abrirse un abismo.
Y en ese abismo ancho como las caderas Alejandra Rampolla
de un lado queda lo amoroso, lo tierno, la compañía, el cuidado mutuo y la vida
en común mientras que del otro cae el sexo desenfrenado, la transpiración
compartida, la lengua curiosa, el arquear la columna ante un roce oportuno y el
terminar agotado, contento y satisfecho. Aunque esto no siempre es así, la
tendencia es clara.
Puedo entender (poniendo buena voluntad) que con los años
la pasión decae pero también es cierto que lo que te gusta te puede seguir
gustando – al fin y al cabo a mi hace años que me gusta tomar café express y
sigo sintiendo el mismo placer cada mañana en el bar mientras leo el diario.
También puedo entender que a veces uno necesita un sacudón distinto, una mano
que haga otro recorrido, un cuerpo que tenga otra geografía y una boca que
tenga otro gusto. Entiendo la necesidad de “estar con otro cuerpo”. No es que
sea moralista ni puto mal cogido (aunque generalmente me toca ser activo y lo
de mal cogido me cuadre un poco) sino que me pregunto por qué carajo el tipo
que quiere estar conmigo durante todo el día, acompañarme en las buenas y en
las malas, lavar los platos mientras yo seco, poner la mesa, presentarme a su
mamá y recordarme que tome el omeoprazol, se calienta pensando en el chico del
delivery, recorre con la mirada todo el restaurant buscando un levante como si
fuera un ventilador de pie, cada vez que va a un baño público fantasea con que
se la chupen y tiene un perfil trucho en facebook sólo para contactar posible
amantes?
¿Por qué me rompe las bolas esta situación? Porque, por
lo general, yo me enamoro de gente que me calienta mucho; para mi el buen sexo
es lo “no negociable” en la pareja. Después vemos si roncas muy fuerte, si te
gusta el cine de autor o te jode el humo del cigarrillo. Todo eso se puede
solucionar con una buena charla. Pero lo que no se puede arreglar de ningún
modo es la falta de química entre los cuerpos, lo que no hay no hay. Si no tenemos
piel, por más que me lleves el desayuno a la cama y te acuerdes de que hoy
cumplimos tres meses hay algo que falta y con lo cual no puedo transar.
Mi conflicto es: con los hombres con los que tengo sexo
del mejor, ese que nos hace reconciliar con nuestras porongas, agradecer que
todavía se nos pare, felicitarnos por haber hecho dieta, usar la flexibilidad
que logramos en las clases de yoga y dispara nuestra lengua por lugares
recónditos; suelo durar poco más que dos o tres encuentros en el mejor de los
casos. Y con aquel con quien el sexo fue algo que podríamos ubicar entre “mediocre”
y “francamente olvidable” es el que me llama para salir a andar en bici un
domingo a la tarde. Un súper programa si me lo ofreciera el tipo con el que
cojo bien!
En fin, volviendo a la pregunta de ¿por qué lo erótico se
nos disocia de lo tierno? La primera respuesta que se me ocurre es la obvia: la
pasión declina con el paso del tiempo. Pero, dado que tengo cierta tendencia
conspirativa, creo que tiene que ver con la culpa judeo cristiana. Justo da la
puta casualidad que el sexo del bueno es lo que queda afuera de una relación de
la buena. Como si el amor no se permitiese una buena cogida. Como si el sexo
entre hombres fuera algo que excluye el amor. Y mira si resulta que todas estas
locas que van por la vida saltando de cama en cama, en realidad le están
haciendo el juego a una postura homofóbica.
Sí, ya se, me puse demasiado conspirativo!
El salmón rosado
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