Del sueño del príncipe azul a la pesadilla del no compromiso
Hace ya tiempo que nos dimos cuenta (no sin dolor) que el
príncipe azul no existía. Ningún poderoso empresario bien parecido iba a
llevarnos de luna de miel a París y alojarnos en su mansión de Nordelta para
que la servidumbre nos colmara de atenciones mientras vivíamos felices comienzo
aves exóticas. Lo máximo que se podía
dar (sólo si éramos jóvenes, musculosos y con bastante ambición) era que
Ricardo Fort nos comprara unos cuantos pares de zapatos. El sueño de un
príncipe que nos acompañe durante toda la vida; nos ame, nos respete, nos
valore, nos demuestre su cariño y apueste a estar juntos, con lo que implica
apostar por el largo plazo hasta que la muerte ponga fin al idilio estalló por
el aire. Nos dimos un baño de saludable realidad y empezamos a buscar parejas
menos deslumbrantes pero humanamente posibles.
El problema es que, como un péndulo que va de punta a punta,
dejamos atrás el sueño del príncipe encantado y encantador para zambullirnos de
lleno en la pesadilla del no compromiso. Te preguntarás ¿por qué es una
pesadilla si al no comprometernos podemos ser libres y estar juntos sólo cuando
surgen las ganas? Al no haber compromiso -podrías continuar argumentando- lo
único que nos une es el deseo de estar juntos, es maravilloso, es la libertad
aplicada al amor.
Visto desde ese ángulo suena genial pero la realidad
parece no ser tan divina. Una cosa es aceptar que nadie puede jurar amar a una
persona hasta la muerte. Es bienvenido que ese paradigma haya quedado en el
pasado pero aclaremos los tantos: Uno sí puede jurar ser amoroso y respetuoso
con su compañero durante toda la relación. Eso implica un compromiso pero no un
compromiso con algo externo sino con nosotros mismos. Es comprometerse a
sostener una conducta, a vivir de acuerdo a determinados códigos. Es, al fin y
al cabo, elegir.
Porque ese miedo al compromiso que tanto pavor genera
aniquila con su pánico toda posibilidad de planificación y no hablo del largo
plazo, hablo de los próximos treinta minutos. Cuando todo es posible, nada es
posible:
Juan quedó con Pedro en tomar un café para conocerse y
ver qué onda. Hablaron el jueves y el encuentro era el viernes a la noche. En
el medio, Juan recibió un mensaje de texto de un ex amante que le dijo de
encontrarse en algún momento durante el fin de semana. Como Juan nunca lo había
olvidado le dijo que sí, que cuando quisiera, que el no tenía planes. A su vez
Pedro se metió en una página de encuentros y estuvo chateando con un tipo más
lindo que Juan. Le dijo de verse en cualquier momento para conocerse. El amante
de Juan y el tipo que conoció Pedro también estuvieron buscando amores y, al
menos en principio, tienes un par de citas a medio concretar. Como Pedro sabe
que Juan es muy buscón, no le preocupó armar una cita para el mismo día porque
le parece que Juan puede cancelar en cualquier momento. Lo mismo piensan Juan,
su amante por mensaje de texto y el posible de levante de Pedro. Es decir,
todos saben que nadie quedo confirmado con nadie porque siempre hay un chongo
divino que puede aparecer a la vuelta de la esquina. A medida que se acerca la
noche del viernes, los cuatro involucrados tienen al menos dos citas cada uno
fijadas en el mismo momento. Eso sin contar el posible levante callejero que
puede suceder cuando van al punto de encuentro. La noche termina con Juan
esperando la confirmación del chico de la página, Pedro que le dijo a Juan que
no sabía si podría ir pero que, cuando le canceló su amante, le mando un
mensaje y este todavía no se lo contestó. Su amante se fue a encontrar con otro
amante que justo le escribió ese día pero lo dejó plantado y el chico de
manhunt todavía esta mirando perfiles sin decidirse por ninguno.
El tema es que cuando los gays dicen “no quiero
compromiso”, en realidad quieren decir, según mi modesto y quizás errado
análisis, algo de lo siguiente:
_ Ahora que ser homosexual es tan sencillo y hay tantos
hombres disponibles no quiero perderme a ninguno, quiero una panzada de machos.
_ Estoy casado pero me la como doblada.
_ Estoy en pareja con un tipo con el cual somos buenos
compañeros pero el sexo es una tristeza.
_ No puedo elegir ni la película del cine, menos podría
elegir una pareja.
_ Mi inmadurez emocional no me permite comportarme
adultamente.
_ Tengo miedo de tomar la decisión incorrecta y
enamorarme de un tipo que no sea como lo imagine.
_ Compartir mi 2 ambientes en Palermo, ni loca, es chico
y no soporto el olor de otra cagada en el baño que no sea la mía.
_ Mirá si me comprometo con alguien y al tiempo conozco
alguien más lindo
_ ¿Si me pongo de novio no puedo ir más al sauna?
_ Separarse es terrible, no quiero volver a pasar por
eso.
_ Los putos son todos putos, una relación seria es
imposible.
_ La verdad que esto de la pareja gay me suena a verso,
nunca funciona y me harté de buscar.
Y al final se cumple, al mejor estilo Bergman cuando
decía que el miedo a lo temido hace que lo temido suceda, aquella visión homofóbica
del puto solitario.
El otro día, hablando con un amante canadiense con el
cual compartí unos buenos vinos, me decía que la pareja heterosexual tiene
siglos de existencia y que, además, han sido educados en la cultura de la
pareja. Con los homosexuales es distinto, esto de estar en pareja (socialmente)
es relativamente nuevo y todavía no hemos aprendido cómo hacerlo.
Mientras tanto, rompimos los zapatitos de cristal porque
sabemos que en los bailes del castillo solo hay tiburones de la noche,
merqueros y jóvenes en alquiler. Y nos fuimos al otro lado, probando cada
cuerpo que se nos ofrece, sin discriminar si realmente nos gustaba o no, sin
preguntarle ni siquiera el nombre, sin tener intimidad con nadie, chupando,
metiendo, sacando, besando, tragando, frotando, lamiendo y contando nuestras
aventuras sexuales en rueda de amigos mientras soñamos con ese hombre adulto
que nos elija, nos ame, nos guste, nos respete y nos movilice. Y al mismo
tiempo, cada vez que vemos los perfiles de Manhunt nos repetimos: estás locas
no saben lo que quieren!
Parece que está todo mal pero yo, después de haber amado
y haber sufrido, sigo pensando que un buen amor es posible.
Suelo tomar café en el Boulevard Charcas, date una
vuelta, te invito.
El salmón rosado
No hay comentarios:
Publicar un comentario