miércoles, 30 de enero de 2013

Del sueño del príncipe azul a la pesadilla del no compromiso



Del sueño del príncipe azul a la pesadilla del no compromiso


Hace ya tiempo que nos dimos cuenta (no sin dolor) que el príncipe azul no existía. Ningún poderoso empresario bien parecido iba a llevarnos de luna de miel a París y alojarnos en su mansión de Nordelta para que la servidumbre nos colmara de atenciones mientras vivíamos felices comienzo aves exóticas. Lo máximo que se  podía dar (sólo si éramos jóvenes, musculosos y con bastante ambición) era que Ricardo Fort nos comprara unos cuantos pares de zapatos. El sueño de un príncipe que nos acompañe durante toda la vida; nos ame, nos respete, nos valore, nos demuestre su cariño y apueste a estar juntos, con lo que implica apostar por el largo plazo hasta que la muerte ponga fin al idilio estalló por el aire. Nos dimos un baño de saludable realidad y empezamos a buscar parejas menos deslumbrantes pero humanamente posibles.

El problema es que, como un péndulo que va de punta a punta, dejamos atrás el sueño del príncipe encantado y encantador para zambullirnos de lleno en la pesadilla del no compromiso. Te preguntarás ¿por qué es una pesadilla si al no comprometernos podemos ser libres y estar juntos sólo cuando surgen las ganas? Al no haber compromiso -podrías continuar argumentando- lo único que nos une es el deseo de estar juntos, es maravilloso, es la libertad aplicada al amor. 

Visto desde ese ángulo suena genial pero la realidad parece no ser tan divina. Una cosa es aceptar que nadie puede jurar amar a una persona hasta la muerte. Es bienvenido que ese paradigma haya quedado en el pasado pero aclaremos los tantos: Uno sí puede jurar ser amoroso y respetuoso con su compañero durante toda la relación. Eso implica un compromiso pero no un compromiso con algo externo sino con nosotros mismos. Es comprometerse a sostener una conducta, a vivir de acuerdo a determinados códigos. Es, al fin y al cabo, elegir. 

Porque ese miedo al compromiso que tanto pavor genera aniquila con su pánico toda posibilidad de planificación y no hablo del largo plazo, hablo de los próximos treinta minutos. Cuando todo es posible, nada es posible: 

Juan quedó con Pedro en tomar un café para conocerse y ver qué onda. Hablaron el jueves y el encuentro era el viernes a la noche. En el medio, Juan recibió un mensaje de texto de un ex amante que le dijo de encontrarse en algún momento durante el fin de semana. Como Juan nunca lo había olvidado le dijo que sí, que cuando quisiera, que el no tenía planes. A su vez Pedro se metió en una página de encuentros y estuvo chateando con un tipo más lindo que Juan. Le dijo de verse en cualquier momento para conocerse. El amante de Juan y el tipo que conoció Pedro también estuvieron buscando amores y, al menos en principio, tienes un par de citas a medio concretar. Como Pedro sabe que Juan es muy buscón, no le preocupó armar una cita para el mismo día porque le parece que Juan puede cancelar en cualquier momento. Lo mismo piensan Juan, su amante por mensaje de texto y el posible de levante de Pedro. Es decir, todos saben que nadie quedo confirmado con nadie porque siempre hay un chongo divino que puede aparecer a la vuelta de la esquina. A medida que se acerca la noche del viernes, los cuatro involucrados tienen al menos dos citas cada uno fijadas en el mismo momento. Eso sin contar el posible levante callejero que puede suceder cuando van al punto de encuentro. La noche termina con Juan esperando la confirmación del chico de la página, Pedro que le dijo a Juan que no sabía si podría ir pero que, cuando le canceló su amante, le mando un mensaje y este todavía no se lo contestó. Su amante se fue a encontrar con otro amante que justo le escribió ese día pero lo dejó plantado y el chico de manhunt todavía esta mirando perfiles sin decidirse por ninguno.

Un claro ejemplo de gente que no se comprometió con nada. Pero veamos un poco qué es esto del compromiso, quizás haya que llamarlo de otra manera para no generar reacciones indeseadas. Un compromiso (con uno mismo fundamentalmente) es poder ser consecuente con lo que se piensa. Si me gustan las orgías, saltar de cama en cama y tener un tipo distinto cada noche puedo comprometerme con eso y ser claro conmigo y con los demás. Si quiero una relación estable pasa lo mismo. Ahora si quiero una relación estable y además me gusta cambiar de hombre como de calzones se genera un pequeño problema pero no es irresoluble. Basta encontrar el compañero para una relación de ese tipo. Es decir, comprometerse con lo que queremos es ser honesto con uno mismo y buscar aquello que nos gusta. 

El tema es que cuando los gays dicen “no quiero compromiso”, en realidad quieren decir, según mi modesto y quizás errado análisis, algo de lo siguiente:

_ Ahora que ser homosexual es tan sencillo y hay tantos hombres disponibles no quiero perderme a ninguno, quiero una panzada de machos.

_ Estoy casado pero me la como doblada.

_ Estoy en pareja con un tipo con el cual somos buenos compañeros pero el sexo es una tristeza.

_ No puedo elegir ni la película del cine, menos podría elegir una pareja.

_ Mi inmadurez emocional no me permite comportarme adultamente.

_ Tengo miedo de tomar la decisión incorrecta y enamorarme de un tipo que no sea como lo imagine.

_ Compartir mi 2 ambientes en Palermo, ni loca, es chico y no soporto el olor de otra cagada en el baño que no sea la mía.

_ Mirá si me comprometo con alguien y al tiempo conozco alguien más lindo

_ ¿Si me pongo de novio no puedo ir más al sauna?

_ Separarse es terrible, no quiero volver a pasar por eso.

_ Los putos son todos putos, una relación seria es imposible.

_ La verdad que esto de la pareja gay me suena a verso, nunca funciona y me harté de buscar.

Y al final se cumple, al mejor estilo Bergman cuando decía que el miedo a lo temido hace que lo temido suceda, aquella visión homofóbica del puto solitario.

El otro día, hablando con un amante canadiense con el cual compartí unos buenos vinos, me decía que la pareja heterosexual tiene siglos de existencia y que, además, han sido educados en la cultura de la pareja. Con los homosexuales es distinto, esto de estar en pareja (socialmente) es relativamente nuevo y todavía no hemos aprendido cómo hacerlo.
Mientras tanto, rompimos los zapatitos de cristal porque sabemos que en los bailes del castillo solo hay tiburones de la noche, merqueros y jóvenes en alquiler. Y nos fuimos al otro lado, probando cada cuerpo que se nos ofrece, sin discriminar si realmente nos gustaba o no, sin preguntarle ni siquiera el nombre, sin tener intimidad con nadie, chupando, metiendo, sacando, besando, tragando, frotando, lamiendo y contando nuestras aventuras sexuales en rueda de amigos mientras soñamos con ese hombre adulto que nos elija, nos ame, nos guste, nos respete y nos movilice. Y al mismo tiempo, cada vez que vemos los perfiles de Manhunt nos repetimos: estás locas no saben lo que quieren!

Parece que está todo mal pero yo, después de haber amado y haber sufrido, sigo pensando que un buen amor es posible

Suelo tomar café en el Boulevard Charcas, date una vuelta, te invito.

El salmón rosado

No hay comentarios:

Publicar un comentario

¿Por qué los periodistas trabajamos como el culo? Un ejemplo práctico

En el último tiempo, el trabajo periodístico se vio muy cuestionado (con justa razón) por su mala calidad. No hablo aquí de los popes de la ...