Hace unos años, ya muchos para recordar si era en color o blanco y negro, vi un documental sobre la marabunta; esa hormiga temible que arrasa con todo lo que encuentra a su paso. Pero la idea no es hablar de la hormiga sino del lagarto que escapaba de ella. Muchos animales, contaba el relator en español neutro, huyen despavoridos apenas escuchan el ruido particular del devastador insecto; otros en cambio, van directo hacia el peligro que les augura una muerte segura. Ese es el caso del lagarto: en vez de correr lo más rápido que le permiten sus poco atléticas patas, avanza sin pausa hacia el hormiguero en un intento absolutamente neurótico de escape.
¿A qué viene esta introducción zoológica? Bueno… a que muchas veces, los miembros de esta heterogénea comunidad tratan de escapar de lo que huyen utilizando la técnica del lagarto. Conozco varios casos de homosexuales, entre los que debería incluirme, en los cuales asumir su orientación sexual ha sido un gran trabajo de aceptación interior, de honestidad con uno mismo, de valentía para enfrentar un entorno poco favorable, de priorizar las ganas de vivir un amor a la luz del día sin ocultarlo como si fuera algo deleznable, de correr el riesgo de ser apartado por los infaltables dinosaurios y, fundamentalmente, hacer valer el convencimiento absoluto de que enamorarse (no importa de quién) es algo noble, hermoso y digno se ser gritado a los cuatro vientos (no se si son cuatro los vientos pero el refrán dice así).
Ahora bien, una vez que hicimos este revolucionario proceso, que en algunos casos ha llevado años, y salimos a la calle con la frente alta sin temor a nada y sabiendo que somos merecedores de una vida en pareja como el resto de los mortales ¿Qué nos sucede? …..Al mejor estilo lagarto conocemos a un casado o a otro homosexual que está en pareja y nos enamoramos cual colegialas de un hombre que, ya desde el vamos, no nos convenía.
A partir de ahí, nuestra vida afectiva que es uno de nuestros derechos irrenunciables, pasa a ser un encuentro furtivo de un par de horas, encerrados entre las cuatro paredes de un departamento (el nuestro, por supuesto) y nuestras charlas con el hombre que amamos se reducen a un mensaje de texto en el mejor de los casos o a un mail enviado a una dirección alternativa en todos los restantes. Diego, el publicista divino que robó mi corazón a principios de año, usaba el Nick de una conocida superheroína de los años 70, muy lindo al principio pero después de un tiempo es un embole que esa sea la única forma de decirle algo).
En fin, estuvimos años esforzándonos para salir de la clandestinidad. Gozamos y sufrimos cada paso ganado y cada batalla perdida; marchamos; le explicamos mil veces a la gente que no entendía lo que significa enamorarse de una persona del mismo sexo; nos hicimos cargo de nuestro sentir y de nuestra elección. Y…después de tanto trabajo nos montamos a una relación que nos manda nuevamente, de un plumazo, a la misma clandestinidad de la que queríamos salir.
Me pregunto, yo que estuve años para darle un beso a un hombre a plena luz del día, ¿voy a volver ahora a la oscuridad de las cuatro paredes? Después de aceptar y hacer aceptar que me gustan los hombres ¿voy a ocultar mi amor nuevamente porque la realidad de la otra persona no me incluye?
Hoy le escribí a Diego, a su dirección de heroína de los años 70, para decirle que ya no podía sostener esta relación. Creo que tomé la decisión correcta.
El salmón rosado
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Muy bueno, salmon.
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