martes, 7 de abril de 2009

Sobre la necesidad de oponerse a algo

Recuerdo un viejo chiste gráfico aparecido a mediados de los ochenta al poco tiempo del regreso de la democracia. Un grupo de cantores de protesta realizaban una marcha en la que pedían que volvieran los militares y la censura. Ante esto, un periodista apostado en el lugar les pregunta cómo era posible que pidieran el regreso de la dictadura cuando durante años habían cantado a favor de la democracia e incluso algunos habían arriesgado sus vidas. “Es que ahora no se nos ocurre nada” fue la respuesta.
Si bien era sólo un chiste y ningún cantante, sea de protesta o no, desea la vuelta de un régimen tan terrible; la humorada pone al descubierto una situación que en estos tiempos parece estar bastante ausente: es necesario oponerse a algo. Ofrecer resistencia ante algunos valores generales es una manera de constituirnos como seres distintos, singulares. En ocasiones, hasta generar rechazo puede ser una forma de confirmar que vamos por el camino que elegimos. ¿En cuántas oportunidades nos ha alegrado saber que pensamos distinto a determinada personas? Hasta en el encuentro con el otro es bienvenida cierta resistencia, cierta pared que hay que atravesar. Si el (cuerpo del) otro se nos ofreciera sin ninguna traba, como traspasar un banco de niebla con el auto, gran parte del encanto se perdería.
Actualmente, da la impresión de que no hay manera de oponer resistencia a nada, de escandalizar a nadie, de trasgredir ninguna norma (salvo que sea de modo violento a través de la delincuencia). En teatro y el arte en general no se están produciendo obras que sacudan al público o que generen una discusión fuerte sobre su contenido. En televisión, la escena más subida de tono se ha incorporado a la mesa familiar y suma treinta puntos de rating. Lo mismo ocurre con las tapas de revistas en las que los fotógrafos ya no saben qué plano del traste de una modelo tomar para acaparar la mirada de los lectores que no se sobresaltan con nada. Estamos en una época en que todo se acepta y consigue un pasaporte directo a la cultura general del mercado.
Lo mismo está ocurriendo con las orientaciones sexuales. En algunas discos gays suelen pasar la canción de Thalia “A quien le importa” cuya letra afirma como tratando de responder a una crítica que nadie formuló “a quién le importa lo que yo haga, a quién le importa lo que yo diga”. Y mientras los asistentes a la disco bailan alocadamente festejando la posibilidad de ser como quieren ser; se pierde de vista que, en realidad, a nadie le importa lo que hagan, lo que digan, con quien se acuesten o cómo se vistan. Y ese es justamente el problema; no perturban para nada, al contrario, se han convertido en un buen target para las campañas publicitarias.
La cultura gay friendly lo ha invadido todo y prácticamente no quedan boliches en los cuales uno sepa que los que se encuentran ahí son homosexuales. En La Marshall, primera milonga gay, puede suceder que un hombre invite a bailar a otro y este le conteste “sólo bailo con mujeres”. Roberto Piazza pretendió sin éxito alborotar las mentes pacatas y sólo consiguió que hasta las señoras gordas dijeran que linda pareja hacen. En la última edición de Galery G se podía ver matrimonios con hijos que fueron a ver el desfile de perritos vestidos.
Obviamente, nadie quiere la vuelta al oscurantismo y las relaciones clandestinas pero una cosa es incorporarse a la sociedad gozando de todos los derechos ciudadanos y otra es diluirse en ella perdiendo los rasgos distintivos y cargando sobre los hombros la imagen de homosexual que una parte ajena al grupo pero con poder suficiente para imponer su mirada pueda tener. Basta con ver cualquier programa de T.V. que toque el tema para comprobar que el gay mediático no se asemeja mucho al ciudadano de a pie homosexual. Es como si aceptáramos a los mapuches pero sólo a condición de hacerlos trabajar en el shopping para que los turistas compren artesanías (cosa que de hecho sucede).
Es bueno que haya lugares de intercambio donde diversos grupos puedan coincidir y es mejor aún poder caminar abrazados sin ser mirados con desprecio. Es bienvenido todo lo que nos permita llevar una vida vivible y lo mejor es bregar para que eso ocurra. Pero esto no significa que tengamos que poner nuestra identidad sexual en primerísimo plano y que esta sirva como un carné que nos permite la entrada a la vida social. “Contratemos camareros gays que son más simpáticos” piensa el empresario gastronómico, “que los homosexuales atiendan el teléfono que tienen mayor llegada con el consumidor” sostiene el dueño del call center, “pongamos el cartelito gay friendly así ampliamos el mercado” propone el asesor comercial.
Toda esta exacerbación de la cosa gay provoca el sentimiento de estar en el candelero todo el tiempo. Como si todas las armas del mercado apuntaran a nosotros y siempre tuviéramos que estar dando muestras continuas de lo glamorosos que somos. Esta súper exposición genera cansancio y produce una ubicuidad gay que termina diluyéndola.
En un momento ser homosexual no sólo implicaba amar a otro hombre, también significaba no adoptar el modelo de vida que la sociedad proponía. Hoy en día esa resistencia ya no es necesaria y, por suerte, la discriminación es prácticamente nula. Quizás sea hora de ponernos a pensar si ser aceptados incluye abrazar todos los valores que nos proponen o si hay cosas que preferimos rechazar y ofrecerles cierta resistencia. Pensar también si queremos tanto protagonismo y si eso ayuda a la integración.
En definitiva, poder ser gays en paz, sin que nos estudien con herramientas de marketing, nos propongan cruceros, hoteles y restaurants, nos busquen como amigos para sacar cartel de open mind, nos quieran organizar la diversión, el sexo, las vacaciones y las decisiones de compra. ¿Por qué no nos tratan como a todo el mundo si la integración es justamente eso? ¿Por qué mejor no nos ofrecen otra cosa? Un respetuoso anonimato, por ejemplo.

el salmón rosado

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