Ayer me encontré con una vieja amiga que me había presentado a su hermana la semana anterior. Durante la charla me comentó que había estado hablando de mí con Cuqui (así se llama la hermana). Después de contarme lo bien que le había caído, lo simpático y educado que le resulté me reproduce con mucha naturalidad una de las afirmaciones de la señora: “me gusta ese chico porque a pesar de ser gay no tiene esa cosa afeminada de los homosexuales”.
Este tipo de comentario, que no es la primera vez que lo escucho, siempre me causó bastante fastidio pero nunca terminé de entender por qué me producía esa sensación. Sonreí despreocupadamente como si lo dicho no me hubiera afectado y desvié la charla hacía otros tópicos menos movilizantes. Pero cuando llegué a casa seguía con ese sentimiento de fastidio, el mismo que se experimenta cuando alguien te disfraza una ofensa y te la hace pasar por un elogio. Como cuando te dicen “estás más gordito, te queda re bien”. Si encima uno se enoja es un chiflado o, en el caso de los homosexuales, un histérico.
Honestamente, creo que uno no tiene por qué hacerse cargo de los prejuicios de todo el mundo ni erigirse como representante de ninguna minoría ni pensar que un insulto en general es una falta de respeto en particular. Pero, de todos modos, cuando el prejuicio se naturaliza e intenta pasar por progresista me produce unas incontenibles ganas de reaccionar. Que está señora tenga en la cabeza (al igual que mi amiga) que los homosexuales son personas afeminadas o locas (para usar el término más coloquial) y que si un hombre que ama a otro hombre no se comporta de esa manera constituye una excepción a la regla y se transforma automáticamente en el cisne negro de Hume es un horrible prejuicio que oculta una gran ignorancia.
Cuando voy a un lugar donde se que me van a presentar a gente heterosexual no pienso que voy a encontrarme con psicópatas asesinos como Hitler, ni falsas amigas homicidas como Yiya Murano ni imbéciles como el marido de Adriana Aguirre ni estafadoras como la ex de Soldan ni ordinarios como las chicas que bailan por un sueño ni, mucho menos, con gente afectada y snob como tantos personajes que se ven en los medios en estos días. A pesar de conocer a todos estos miembros de la comunidad heterosexual, no creo que la persona que vayan a presentarse tenga que encajar en uno de esos modelos ni que represente al heterosexual típico. Entonces me pregunto ¿por qué cuando un heterosexual se encuentra con un homosexual piensa que tendrá que compartir una charla con un ente que sólo hablará de penes y chongos mientras revolotea las manos como si estuviera a punto de levantar vuelo, torcerá las muñecas como si estuviera fracturado y mirará a cuanto hombre se ponga a tiro como diciendo “haceme tuyo”. ¿Por qué pensar que todo homosexual se parece a Oggi Junco o a Guido Suller y no pensar en muchos otros homosexuales que tienen una actitud distinta y que también forman parte del “ser homosexual”?
En definitiva, cada vez que me encuentro con alguien que intenta halagarme diciéndome “me gustas porque no sos amanerado a pesar de ser homosexual” me viene a la mente esa frase que tanto se escucha por la calle: es negro pero es de educado!
el salmón rosado
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
¿Por qué los periodistas trabajamos como el culo? Un ejemplo práctico
En el último tiempo, el trabajo periodístico se vio muy cuestionado (con justa razón) por su mala calidad. No hablo aquí de los popes de la ...
-
El último tiempo estuve viendo varias obras de teatro off en las cuales los personajes eran gays. Además, muchos de los actores/directores...
-
En el último tiempo, el trabajo periodístico se vio muy cuestionado (con justa razón) por su mala calidad. No hablo aquí de los popes de la ...
No hay comentarios:
Publicar un comentario